Lo que pasó en la volskwaguen

Les pasó a recoger por casa a las ocho en punto de la tarde tal y como habían acordado. Era verano, todavía quedaban un par de horas de luz diurna y las terrazas de los bares estaban llenas de gente.

Al sonar el timbre hubo una mirada de complicidad entre ellos y bajaron a la calle sin demorarse. En la acera de enfrente vieron la volkswaguen blanca, un modelo de principios de los 80, donde el chico les saludaba des de la ventanilla del conductor. Entraron en la furgoneta por la puerta corredera, en la parte de atrás. El Chico les lanzó una sonrisa desde el espejo retrovisor, giró la llave en el contacto y arrancó. En aquel  instante a Lia se le puso el corazón a cien al pensar que ya no había vuelta atrás: habían empezado con lo planeado.

En la parte de atrás del vehículo no había asientos, la mayor parte del suelo estaba acolchado y había una pequeña cajonera metálica de ikea. Ellos se sentaron en el colchón. Rafa la cogió fuerte por la cintura y le acarició la mejilla con el dedo gordo como solía hacer siempre, mirándola con aquellos ojos verdes y esa sonrisa contagiosa que le transmitía tanta seguridad. Eso la tranquilizó y le hizo sentir más a gusto. La besó con ímpetu, metiéndole la lengua en la boca y entornillándola con la de ella. Hizo que se tumbara con un suave empujón y empezó a amasarle los pechos con sus enormes manos, a besarle el cuello y darle húmedos mordisquitos en el lóbulo de las orejas.

Lia en seguida sintió un agradable hormigueo en su vagina, cada vez más húmeda. El ritmo de sus respiraciones empezó a acelerarse, ella le metió la mano por debajo del pantalón y agarró con fuerza aquel grueso y duro pene que tantas veces le había hecho gritar de placer. Le ayudó a quitarse la camiseta y empezó a besuquearle el torso apegando su cuerpo al de Rafa para sentir el olor que desprendía su piel. Él le desabrochó el botón de los shorts -estaba tan sexy con esos pantalones…Siempre que se los ponía él no podía reprimirse y le metía mano en medio de la calle-.Le metió la mano por debajo del tanga y empezó a jugar con su clítoris, rodeándolo con el dedo cada vez con más intensidad. Llegados a ese punto ella se había dejado llevar por completo y se acariciaba los pechos a sí misma por debajo del top gimiendo de placer con los ojos cerrados. Seguidamente él le introdujo dos dedos dentro de su carnosa vagina y empezó a moverlos de fuera para dentro haciéndole gemir todavía más. Rafa supo cómo tocarla desde el primer día, nadie le había hecho sentir tanto placer como él.

"The Milky Way" de Apollonia Saintclair  apolloniasaintclair.tumblr.com

“The Milky Way” de Apollonia Saintclair apolloniasaintclair.tumblr.com

Le quitó por completo los shorts y el tanga para dejar su vagina al descubierto, ardiendo y latiente. Él se acercó y empezó a pasarle la punta de la lengua por el clítoris como si fuera una cereza recubierta de nata. Mientras lo estimulaba volvió a introducir los dedos en la vagina para dentro y para fuera a un ritmo cada vez más accelerado. Ella abrió los ojos un instante y se encontró de pleno con aquella seductora mirada  observándole por el retrovisor mientras su chico saboreaba sus fluidos. Pero lo extraño fue que no se sintió avergonzada, al contrario, que aquel chico estuviera mirándole le excitó terriblemente y ahora gritaba de placer sin sacar los ojos del espejo.

De repente, el vehículo se paró y se abrió la puerta del copiloto. Entró una chica delgada, de pelo castaño y facciones delicadas, le dio un breve beso al conductor, intercambiaron algunas palabras en francés y éste volvió arrancar.

Ellos volvieron a lo suyo y la chica, que hasta el momento no se había percatado de su presencia, giró la cabeza y los vio allí desnudos y sudorosos. Le lanzó una mirada a su chico y él se la devolvió con una sonrisa picarona. La chica volvió a girar la cabeza y cuando vio a Lia retorcerse de placer en el colchón pudo notar un hormigueo dentro de los pantalones. Se mordió el labio inferior, pensativa, se desbrochó el cinturón de seguridad y pasó a la parte de atrás. Se acercó al chico, que se encontraba arrodillado haciendo su trabajo de espaldas a ella, y le pasó la mano por los pantalones. Al ver que estaba tan bien dotado se puso todavía más cachonda y empezó a menearle el pene con destreza. Acto seguido apartó al chico y se arrodilló delante de Lia que estaba tumbada con las piernas abiertas medio aturdida de recibir tanto placer y esperando deseosa llegar al orgasmo.

Empezó acariciándole el interior de los muslos con los dedos con extrema suavidad. Luego se aproximó a su vagina y la lamió de abajo para arriba provocándole una placentera sensación hasta llegar a su clítoris. Lia tenía todos sus pensamientos concentrados en ese diminuto punto de su cuerpo. La chica empezó a juguetear con el botoncito a pequeños pero rápidos lametazos mientras seguía metiéndole los dedos, hasta que Lia no pudo más y notó que el orgasmo se acercaba como una ola que le arrastró hasta el clímax.

"The drowing" de Apollonia Saintclair apolloniasaintclair.tumblr.com

“The drowing” de Apollonia Saintclair
apolloniasaintclair.tumblr.com

Mientras Lia se reponía, tumbada en el colchón con los ojos cerrados, la chica arrodillada giró la cabeza y clavó sus ojos en el bulto que sobresalía de debajo de los pantalones de Rafa, que no se había perdido ni un detalle de aquella lésbica y erótica escena. Casi por instinto éste se desabrochó los pantalones, se bajó los calzoncillos y empezó a restregarle el pene por la cara y a darle pequeños golpecitos contra las mejillas. Ella, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, se dejaba hacer disfrutando de las caricias de aquel miembro suave y calentito sobre su rostro cuando, de repente, lo notó en sus labios y lo dejó entrar en su boca hasta llegar a su garganta. Él le agarraba la cabeza para asegurar que ese placer que sentía al meterle y sacarle el pene de su boca no se detuviera.

Al fin, el conductor paró la furgoneta en un bosque a los alrededores de la ciudad donde nadie pudiera encontrarlos. Notaba su pene presionándole los pantalones, impaciente por entrar en acción. Pasó a la parte de atrás y se acercó a Lia que seguía tumbada en el colchón del suelo. Le pellizcó un pezón como para hacerle reaccionar, le besó los pechos y jugó con ellos rodeándolos con la lengua. En cuestión de unos segundos Lia notó como su cuerpo ya estaba preparado para volver a recibir placer. Quería más. Empezó a besar aquel chico misterioso de ojos oscuros mientras le ayudaba a desnudarse. Tenía el cuerpo recubierto de bello y una figura musculosa. Él se sentó en el colchón y ella le lamió el pene mientras le acariciaba los testículos con las manos. Buscó un preservativo en el bolsillo de sus pantalones y se lo colocó. Se sentó encima de él, rodeándole la cintura con sus piernas y se ayudó con la mano para introducir su pene erecto dentro de su vagina. Él le cogió de las nalgas para presionar su cuerpo contra el suyo y clavarle su pene hasta lo más hondo.

A su lado, la otra chica estaba arrodillada y Rafa la penetraba con fuerza por detrás cogiéndola por los pechos y haciéndole gemir de placer. Era la primera vez que Lia veía a su novio follando con otra mujer y le pareció más atractivo que nunca.

A fuera, los grillos cantaban en la oscuridad y la volskwaguen se balanceaba de arriba abajo haciendo chirriar los amortiguadores de las ruedas. Rafa miró a su lado y vio cómo su novia cabalgaba encima de aquel otro hombre. Definitivamente, era la mujer más sexy con la que había estado y viéndola así le pareció todavía más espectacular. No pudo aguantar más y se corrió presionando las nalgas del culo de esa chica desconocida contra su cintura. Se despegaron y se quedaron tumbados en el colchón hasta que, unos minutos más tarde, Lia y el otro chico se corrieron e hicieron lo mismo.

-Lia, ¿qué te pasa? ¿Qué estás pensando?

-¿Eh? Nada.

-¿Quieres que lo hagamos o no?

-No sé Rafa, no sé si estoy preparada para verte follando con otra, la verdad. ¿Y si te gusta más que yo?

-Eso es imposible.

-Sí, claro. Eso es lo que dices ahora…y además, ¿Por qué tiene que ser en una furgoneta? Yo preferiría ir a tomar algo primero, conocerlos y después si eso acabamos en su casa. Que no sea tan en frío. Creo que sería mejor. ¿No crees?

-Yo que sé Lia. Él dijo que su novia es muy tímida y tiene que encontrárselo todo por sorpresa, si no se corta demasiado.

-¿Qué? O sea que resulta que la chica es tímida pero no le importa tener sexo con otra pareja. Me parece un poco contradictorio la verdad. ¿Y si son unos asesinos maníacos en serie qué, eh?

-No digas tonterías…Cuando quedé con el chico para conocernos me pareció muy normal y tú por las fotos me has dicho que lo encuentras atractivo…

-Sí, lo sé. Pero una cosa no quita la otra, cariño.

-Bueno si tienes que echarte atrás dilo ahora, porqué ya hemos quedado en que mañana  a las ocho en punto pasa a recogernos por casa.

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Sexo de compra y venta y farolillos azules

-¿Por qué tú? ¿Por qué haces esto?

Él se encogió de hombros mirando al suelo y no dijo nada.

-Siéntate aquí, en la cama.

El chico obedeció sin bacilar. Su mirada tenía una expresión curiosa, a ella le pareció que él estaba medio asustado cosa que no pudo evitar divertirle. Nunca había visto unos ojos tan luminosos como aquellos, parecían dos espejos o, no, mejor dicho dos farolillos que desprendían luz azul.

Era el tercer cliente de la noche y el más joven con diferencia, aquel chico debía tener unos 19 o 20 años y por lo que sospechaba era virgen. Como de costumbre sacó un condón de la mesilla, se acercó al chico y le desabrochó los pantalones. Parecía que estaba muy nervioso y así pudo comprobarlo cuando, unos minutos más tarde, empezó a masturbarle y no hubo manera de que se empalmara.

-No tenemos que hacer nada si no quieres. ¿Estás seguro de esto?

Él asintió.

-Sí, sí quiero hacerlo. Perdona, no sé qué me pasa.

-Tranquilo, no hay prisa, le susurró. Y de repente se paró el tiempo. Allí, en aquel lugar putrefacto del que tantas veces había deseado huir ahogada por el insoportable aliento de hombres desconocidos que le compraban el cuerpo, ahora por primera vez en mucho tiempo se sintió en paz.

The party break by Apollonia Saintclair

Cuando ya pensaba que estaba muerta por dentro, implacable ante cualquier posbile emoción, la imagen de aquel inocente chico sentado en la esquina de la cama mirándola con ojos de cordero degollado le arropó el corazón de ternura y le hizo recordar que el sexo y la vida podían ser algo bueno..

Hacer mamadas a sus clientes era algo que le repugnaba profundamente y que si podía, evitaba a toda costa. Pero aquella vez lo hizo sin que se lo pidiera nadie. El chico de los farolillos en la cara se dejó hacer, ya más relajado, acomodándose en la cama con los ojos cerrados. Cuando su pene estuvo erecto ella se subió la falda, le colocó el preservativo y se incorporó encima de él. Uno, dos y tres suaves empujones de cadera y él se corrió. Se quedaron unos segundos mirándose a los ojos y ella le besó brevemente en los labios. Él se ruborizó. Se despegaron y ella se fue a lavar mientras él se quitaba el preservativo con cuidado para no derramar esperma en el suelo. Una vez lavados, se vistieron y él le pagó lo que le debía.

-Gracias, dijo el chico.

-No, gracias a ti, dijo la puta.

http://www.eljueves.es/2012/04/27/motivos_para_putas_motivos_para_putas.html

Los padres también follan

Valeria tenía unos 9 años cuando oyó a sus padres follar por primera vez. Estaba en la cama y se despertó sobresaltada porque en sus sueños una manada de elefantes gigantes la perseguía hasta quedar atrapada en lo alto de un acantilado. Abrió los ojos y agarró fuerte las sábanas para cubrirse la cara con ellas, como si pudieran protegerla de cualquier mal. De repente, oyó un ruido. Se quedó inmóvil sin atreverse ni siquiera a respirar. Lo oyó de nuevo: parecían golpes. Lo primero que pensó fue que algún ladrón había entrado en la casa, pero luego se escucharon unos extraños gemidos seguidos de unas risitas.

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Valeria siguió atenta, en silencio, hasta que al final se dio cuenta de que aquellos ruidos provenían de la habitación de sus padres. Gritos, respiraciones aceleradas y golpes en la cama: aquello no podía ser otra cosa que sexo, del que, por otra parte, ella sabía tan poco.  Escuchó algo que no debía y por ello se sintió profundamente incómoda. Además, nunca había imaginado a sus padres en un contexto tan íntimo por lo que se sintió ruborizada y a la vez furiosa. Después de un buen rato el sueño pudo con ella y se durmió de nuevo hasta la mañana. Al día siguiente, en la escuela, se lo contó todo a su mejor amiga como una confidencia de alto secreto a la hora del almuerzo.

Aquella fue la primera pero no la última vez que oyó a sus padres practicando sexo. Con el tiempo se acostumbró y pudo normalizar situaciones como esa sin tener que sentirse violenta. Al fin y al cabo si sus padres después de tantos años juntos todavía tenían relaciones (y por lo que podía oírse bastante buenas), era buena señal. ¿Cuántas parejas consiguen mantener el deseo sexual vivo durante años y años de matrimonio? Dormir cada día junto a la misma persona al final ya no tiene gracia y muchos, aburridos por lo rutinario, optan por dejar el sexo de lado, o lo que es peor, por engañar a sus parejas.

Pues sí, hijos e hijas, los padres también son humanos y por ello también tienen sus necesidades sexuales. Es curioso como los hijos no quieren aceptar que sus padres mantienen relaciones o bien se sienten profundamente violentos al descubrirlo o hasta tan sólo al imaginarlo. Probablemente este sentimiento de repulsión que experimentan los hijos al vincular los términos PADRES y SEXO se debe a que gran parte de la sociedad sigue viendo la sexualidad como algo malo, como un tabú, del que los niños no deben saber nada.

Precisamente, que el sexo tenga connotaciones negativas conlleva a que los hijos no pueden aceptar que sus padres estén involucrados en tal cosa.

Con el tiempo Valeria aprendió a no ruborizarse si sus padres hacían el amor sino al contrario, cuando más lo hicieran mejor, porque significaba que eran felices. Desafortunadamente, no todos las parejas siguen teniendo química en la cama, muchos ya no se aman nunca entre sábanas y, por eso, Valeria está orgullosa de sus padres.

Historia de un “ménage à trois “

Se cerraron en el baño de aquella casa desconocida para buscar un poco de intimidad, a oscuras, y una vez dentro se descojonaron de risa. Hasta aquel momento no se dieron cuenta de lo que estaban a punto de hacer.

Eran jóvenes, solteras y guapas (porqué negarlo). Aquella noche habían salido de juerga a Razzmataz: buena música, buen ambiente y también mucho ron con cola. Las caras de la gente aparecían a su alrededor como flashes intermitentes en la oscuridad entre las que ellas buscaban al elegido. Música electrónica a todo volumen, camisetas sudadas que se pegan al cuerpo y voces que se pierden con el ruido. Diversión era todo lo que querían.

Quizás porque era primavera, y la sangre altera, o porque habían bebido demasiado, su cuerpo impaciente les pedía sexo a gritos. Pero esa vez querían algo diferente, algo más atrevido…

-¿Por qué no buscamos a un chico para las dos? ¡Para compartir!, propuso Mónica que aquella noche, libre de preocupaciones, sentía que podía comerse el mundo.

Así, Mónica y Lorena empezaron su búsqueda y captura entre aquella multitud de almas festivas. No importaba si era inteligente, graciosos o simpático; sólo tenía que ser atractivo y gustarle a ambas.  Las dos lobas recorrían la sala cogidas de la mano en busca de unos ojos, una sonrisa o una figura que les llamara la atención. Finalmente, otra amiga les presentó a un amigo, Abram, que parecía estar muy interesado en ellas.

-Hola, encantada. Lorena le inspeccionó de arriba abajo: moreno, ojos oscuros, alto y en buena forma. Miró a su amiga buscando su aprobación.

-No está mal, no? Mónica le guiñó el ojo a su amiga.

Parecía un buen candidato. Hablaron con él, bebieron unas copas más y, al final de la noche, acabaron al otro lado de la ciudad en casa de aquel chico. Sin embargo, una vez allí no sabían muy bien cómo empezar. Cerradas en aquel baño no pudieron contener el ataque de risa nerviosa mientras Abram les esperaba en la habitación de al lado.

-Mejor nos empezamos a besar ya, no? Mónica rodeó el cuello de su amiga con las manos y se acercó para besarla. Unos minutos más tarde salieron del baño y encontraron al chico sentado en la cama.

– Bueno, esto es nuevo para todos, vamos a pasarlo bien. ¿Tienes condones? dijo Mónica para intentar calmar la tensión que se respiraba en el ambiente. El chico asintió.

Apoloniasaintclair

Ilustración de Apoloniasaintclair

Después de un silencio y risas contenidas, las dos chicas empezaron a besarse de nuevo, de pie, en frente de él, mientras se tocaban los pechos una a la otra. Lorena se acercó aún más a los grandes pechos de su amiga para lamerle sus duros pezones con la lengua. Abram observaba en silencio todavía incrédulo ante tal espectáculo erótico. Después las dos chicas se sentaron en el borde de la cama con él y su corazón empezó a latir más fuerte.
Mientras una le besaba, la otra le quitaba la camiseta. Los tres se besaban entre ellos, ahora tumbados en la cama y completamente desnudos. Mónica se acercó a su pene, ya erecto,  y se lo introdujo en la boca mientras él le acariciaba los pechos a Lorena. Él se puso el condón y penetró primero a Lorena que estaba tumbada en el centro de la cama. A su lado, Mónica les miraba y acariciaba la piel morena de su amiga. Después de unos minutos el chico sacó su pene de la vagina de Lorena y penetró a Mónica que se había colocado de espaldas a él, de rodillas encima del colchón. Mientras, Lorena si saber muy bien qué hacer, se limitó a observar.  
Abram se corrió en un abrir y cerrar de ojos, excitadísimo por tener dos mujeres en su cama. Su novia no se iba a enterar de lo ocurrido y una oportunidad así no podía dejarla pasar, pensó.

Aquello fue más rápido de lo que ellas esperaban. El chico les pidió disculpas por haber acabado tan pronto y por no haberles hecho tener un orgasmo. “No he podido aguantar más”.

Se vistieron, se dieron los números de teléfono por si, ya sabes, en un futuro quisieran repetir y se despidieron.
Ya era de día cuando las dos chicas, cansadas, con el maquillaje de los ojos corrido, subieron al coche y se fueron. La experiencia no estuvo mal pero tampoco fue nada del otro mundo; el sexo entre tres no es fácil. Por ahora ninguna de ellas lo ha vuelto a repetir pero quién sabe, quizás algún día encuentran al chico adecuado para repetirlo, y mejor.

Virginidad y amistad

-Queremos acostarnos contigo, dijo Amaya girando la cabeza hacia el asiento trasero del coche. El sol le iluminaba la cara y el viento, colándose por la ventanilla, le despeinaba el pelo con fuerza.

– ¿De veras? Me parece perfecto. Cuando queráis lo hacemos, bromeó Toni que iba sentado atrás.

-Toni, no estoy bromeando. Se recogió el pelo con una cola y se quedó mirando por la ventanilla, ausente. Alberto, al volante, permanecía en silencio como si la conversación no fuera con él.  Hacía un día precioso para ser Noviembre en Pitsburg. Era uno de esos días de otoño en los que el sol alumbra el ambiente con matices rojos, creando una sensación de paz y cálida tranquilidad, como si nada malo pudiera pasar. Aquella tarde soleada de domingo los tres amigos habían salido a pasear por el bosque.

Alberto y Toni eran amigos íntimos desde hacía tiempo y compañeros de piso desde hacía un par de años. Toni había estado enamorado de Alberto durante todo ese tiempo a pesar de todas las chicas que éste invitaba a dormir a su apartamento. Aunque Toni nunca se lo confesó abiertamente, Alberto siempre supo que su amigo sentía algo por él. La manera en que se le acercaba con el hombro mientras tocaban juntos el piano, su tono juguetón al hablar o su mirada clavándosele en la espalda cada vez que Alberto estaba en la cocina evidenciaban los sentimientos de Toni.  Sin embargo, todo aquello no molestaba en absoluto a Alberto, más bien le hacía sentir especial y se dejaba consentir y mimar por su mejor amigo, siguiéndole aquel inocente juego, sin intención de ir más allá. Un día, Amaya apareció en escena sin previo aviso. Toni pensó que era una chica más de las que su amigo invitaba a pasar una noche, pero se equivocaba: Amaya era especial. Se quedó aquella noche y todas las otras noches  del año. Así que ahora eran tres en la casa y Toni, sin más remedio, tuvo que aceptar la situación y conformarse con tener a su amigo cerca y verle feliz. Lo cierto es que, con el tiempo, Toni llegó llevarse muy bien con aquella “invasora”, que tenía que reconocer, era una chica fantástica.

Aquella misma tarde de noviembre pasó lo que Toni nunca hubiera imaginado. De camino a casa esas palabras se le repetían una y otra vez en la cabeza: “Queremos acostarnos contigo”. En el coche sólo se oía el ruido del motor, los tres chicos permanecieron en silencio durante todo el trayecto. Unos minutos más tarde, Toni estaba pal plantado en el salón, esperando a que algo ocurriera con el corazón a cien. Alberto se acercó a él y le quitó la camiseta. Amaya le empezó a lamer el torso, Alberto, la espalda.  En seguida notó como la temperatura de su cuerpo aumentaba, así como lo hacía el tamaño de su pene. Amaya le cogió de la mano dirigiéndole a una de las habitaciones.

-Alguien tiene que estar atado, dijo Alberto que  no había abierto la boca hasta aquel momento.

-Yo, contestó Toni que ante su inexperiencia sexual prefirió dejarse hacer. La verdad es que aunque estuvo saliendo con una chica durante un tiempo nunca había mantenido relaciones sexuales. Tampoco había hablado con nadie sobre su atracción por los hombres, y es que en aquellos tiempos, principios de los 80, la homosexualidad no se veía con muy buenos ojos.

Se tumbó en la cama, las sábanas olían a lavanda. Mientras Amaya le ataba las manos en el cabezal, Alberto le ataba los pies con una cuerda. Toni se sentía indefenso e excitado a la vez. Había estado esperando ese momento durante mucho tiempo y haría lo que fuese necesario para poder amar a Alberto, aunque fuera sólo por una vez. Amaya y Alberto empezaron a besarse y a desnudarse uno al otro bajo la mirada curiosa de Toni, inmovilizado en la cama. Él la cogió en brazos, la sentó en la cama y agarrándole los muslos le hizo abrir las piernas mientras  se arrodillaba en el suelo. Empezó a lamerle el clítoris impacientemente, mientras le introducía un dedo, ahora dos, después tres, dentro de la vagina. Amaya gemía de placer y le agarraba la cabeza presionando su entrepierna en la cara de Alberto. Éste la apartó dejándola tumbada en la cama, sudada y deseosa de placer, con la cabeza encima del torso de Toni. Alberto se acercó a él y le agarró el pene con la mano, apretando con fuerza, moviéndola arriba y abajo.  Sólo con tocarlo Toni ya estaba fuera de sí. Amaya se dio la vuelta y empezó a besarle el cuello hasta llegar a su oreja, donde le introdujo su lengua provocándole un escalofrío por todo su cuerpo. Después le acercó sus redondos pechos a la cara y Toni los lamió instintivamente. Los pechos se apartaron para dejar paso al pene de Alberto que, erecto, se clavó en la garganta de Toni. Unos minutos más tarde, Amaya se sentó encima de Toni, le puso un preservativo y cabalgó encima de él, moviendo sus caderas bruscamente contra su cuerpo atado hasta que él se corrió. Alberto la cogió por detrás y la penetró con fuerza hasta que los dos llegaron al orgasmo.

Toni estaba exhausto, por fin desatado se fue directo a la ducha. Así, a sus 23 años, fue como perdió la virginidad, con sus dos mejores amigos. Por un lado, se sentía sucio y culpable pero por el otro lleno de adrenalina y excitación. Era una sensación que no podía explicar con palabras. ¿Qué pensaría la gente si se enterara de lo que había pasado en aquella habitación? Sería su secreto. Después de lo ocurrido, Amaya le hizo prometer que aquello no se volvería a repetir si Alberto no estaba presente. Sin embargo, lo que Amaya no sabía es que a quien Toni realmente deseaba no era ella, sino su novio.

Unos meses más tarde los dos chicos se fueron al servicio militar. Durante todo ese tiempo follaron como animales a escondidas: en la ducha, en el bosque, en el dormitorio cuando todo el mundo ya dormía, en el furgón… Para Toni todo aquella historia fue un sueño hecho realidad que se desvaneció cuando volvieron a casa. Alberto y Amaya se casaron, se mudaron a vivir a las afueras de la ciudad y tuvieron hijos. Los encuentros a escondidas entre los dos hombres acabaron al poco tiempo y Toni siguió con su vida y su carrera de artista. Al fin, reconoció su orientación sexual abiertamente a pesar de los prejuicio sociales. Eso sí, nunca volvería a amar a alguien como amó a Alberto.

¿Y tú? ¿Te acuerdas de cómo perdiste la virginidad?

El chico de la motocicleta

Lo que nosotras pensamos mientras ustedes se ponen el condón

—No recuerdo tu nombre, ¿tú sabes el mío?
—Yo no… yo no ¿sé?, ¿se dice “sé”?, yo no sé mucho de nombres cuando estoy en cama.
¿Pero mañana cuando le cuente a mis amigos de ti, ¿quieres ser La chica o La mujer?

Estoy leyendo a C. M., su vida sexual, el libro que publicó en 2001, no desde la voz de la Directora de Art Press, sino desde la visión del deseo sexual de una francesa culta, envuelta por artistas, ensimismada con las vaginas, la vulva, los culos y decenas de penes, largos, gordos, pequeños, en una misma noche. Atrás, adelante, en la boca, en cada mano. C. M. es, en ese libro, una oda a las fantasías de Sade.

Me había pasado todo el jueves intentando explicar qué quería decir C.M. cada que dejaba en seco que no era una mujer de “aventura”.

¿Puede alguien de orgías no…

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Tequila y sexo inesperado

El éxito del verano retumbaba en sus oídos mientras le daba un sorbo más a su copa, observando a su alrededor. Las luces intermitentes y los focos de colores iluminaban las caras de toda aquella gente sudorosa que le rodeaba poseída por el ritmo de una misma canción. Una sensación de plenitud y extrema felicidad recorrían el cuerpo de Lorena que se movía como pez en el agua en aquel ambiente festivo, balanceando la cabeza de un lado al otro con los ojos cerrados. Le encantan las noches de verano en las que se puede bailar y bailar hasta el amanecer, sin ninguna prisa para volver a casa.

-¿Nos bebemos el último chupito? Gritó su amiga Carla acercándosele al oído.

-Sí, vamos! Invito yo!

Sal, tequila y limón, lo de siempre.

Como cada verano su amiga Carla le había invitado a pasar unos días en su casa de veraneo, en la Costa del Sol. En pocas palabras aquello significaba una semana entera de playa, sol, risas y, sobre todo, mucha diversión.  Lorena y Carla se habían conocido en una clase de baile unos años atrás y desde entonces habían sido inseparables.

Aquella noche lo estaban pasando genial. Era su último sábado en la costa; tenían el mundo a sus pies. Las dos chicas eran el centro de todas las miradas, de hecho, fueron varios los chicos que se acercaron a ellas para hablar pero aquella noche era sólo noche de chicas.

tequilasalCarla estaba despampanante con su mini-vestido coral ajustado, a juego con su rubia y larga melena y unos zancos de tacón. Su belleza siempre había asombrado a Lorena, que por muchas veces que la viera no podía evitar quedarse embelesada al contemplar su bonito rostro. Ojalá yo tuviera estos ojos, pensaba a menudo.

A las cinco de la madrugada el nivel de alcohol en sus venas ya era muy alto, sus cuerpos, descontrolados, bailaban desenfrenadamente al ritmo de la música. Lorena le dio un fuerte abrazo a Carla riéndose sin parar. Bailaban agarradas cuerpo contra cuerpo en el centro de la pista.

-Quiero que sepas que eres una de las personas más importantes para mí en este mundo y pase lo que pase quiero que cada verano repitamos esto. En serio, tienes que prometérmelo, gritó Carla por encima de la música.

-Te lo prometo, no quiero que nada cambie, siempre tendremos nuestra semana loca de verano.

Las dos veinteañeras siempre se ponían muy sentimentales bajo los efectos del alcohol, algunas veces hasta acababan llorando y riendo al mismo tiempo hablando de lo importante que era su amistad.

Carla la miró fijamente a los ojos con una media sonrisa. Sus labios perfilados estaban a pocos centímetros de los de su amiga, tan cerca que Lorena podía oler su aliento a tequila. Carla le apartó un mechón de pelo oscuro que cubría la cara de su amiga y se lo colocó detrás de la oreja. Después le acarició lentamente la mejilla con las yemas de los dedos. Y así, sin más, las dos chicas empezaron a besarse. Sus lenguas se entornillaban suavemente cada vez a más velocidad. Lorena presionaba sus blandos labios con los de su amiga y se dejaba llevar por el momento mientras el Dj pinchaba la última canción de la noche. Unos minutos más tarde encendieron las luces del local y pusieron fin a aquel largo y dulce beso. El sol ya había salido cuando abandonaron la disco y la ciudad empezaba a despertar. Dieron la noche por terminada y se fueron caminando con los pies desnudos sobre el asfalto y los zapatos de tacón en las manos, deseando llegar a casa lo antes posible y dejarse caer en la cama, pero no sin antes comer el resto de pizza que había sobrado de la cena.

Por fin en la cama, las dos chicas se quedaron en silencio tumbadas mirando al techo. Lorena, con algunas dificultades para articular al hablar, dijo:

-¡ Qué noche! ¡Me lo he pasado genial!

Inmediatamente después de eso, se quedaron unos segundos en silencio y empezaron a besarse de nuevo, lentamente, derritiéndose en una explosión de ternura y amistad. Carla se quitó el vestido por la cabeza, lo dejó caer en el suelo y se incorporó encima de su amiga mientras se recogía el pelo en un moño perfectamente despeinado. Lorena se excitó sin esperarlo: su amiga estaba más sensual que nunca. Empezó a recorrer su cuerpo con los dedos pasando por el ombligo hasta llegar a sus pequeños y redondos pechos. Allí, con el pulgar y luego con la punta de la lengua, jugó con los bronceados pezones de Carla hasta endurecerlos. Aunque ni Lorena ni Carla habían tenido ninguna experiencia sexual con alguien de su mismo sexo anteriormente, parecían expertas en el juego. Sus cuerpos así como sus lenguas encajaban a la perfección y revoloteaban armónicamente por encima del colchón.

Unos minutos más tarde, las dos estaban completamente desnudas besándose el cuerpo una a la otra con la respiración acelerada, excitadísimas ante aquella nueva y extrañamente placentera experiencia. De repente Carla cruzó una línea con su dedo índice en el vientre de su amiga hasta llegar a su clítoris el cual empezó a estimular dibujando círculos a su alrededor. Lorena se estremeció de placer y pudo notar como, seguidamente, su amiga le introducía uno de los dedos en su húmeda vagina con extrema delicadeza. Lorena respondió de la misma manera y sumergió un par de dedos en aquel cálido y blando agujero, moviéndolos hacia dentro y ahora hacia fuera. Carla hizo una mueca de placer y apegó sus caderas al cuerpo de su amiga balanceándolas de modo que el roce con su piel estimulaba su clítoris y ese baile duró hasta dejarlas exhaustas.

Finalmente, sin saber muy bien cómo seguir, un poco aturdidas ante todo aquello y abatidas por el cansancio y el excesivo alcohol, se despegaron y se quedaron dormidas. Sus cuerpos, bronceados por el sol, posaban dormidos encima de las blancas sábanas sumergidos en un profundo sueño. Durmieron hasta que el calor del mediodía las despertó. Cuando Lorena abrió los ojos, deslumbrada por la luz que entraba por el balcón, vio a su amiga sin ropa y se acordó de lo sucedido la noche anterior. No, no lo había soñado, había pasado de verdad. Un poco avergonzada y confundida se retiró a un lado de la cama. A su lado, su amiga empezó a despertarse lentamente hasta que, al fin, pudo abrir los ojos:

-Buenos días! Por dios, qué resaca! Estoy hambrienta, ¿desayunamos? Dijo con una voz rota, fregándose los ojos.

Y así las dos chicas, como si nada hubiera pasado, desayunaron juntas y luego fueron a la playa a bañarse en el mar y a tomar el sol como hacían cada día. Aquel día no hicieron ningún comentario sobre lo sucedido y no se sintieron incómodas en ningún momento. No sólo nada había cambiado entre ellas, sino que su conexión y amistad era más fuerte que nunca.


Carla y Lorena siempre habían mantenido relaciones sexuales con chicos pero aquella noche por alguna razón se sintieron atraídas por un cuerpo femenino. En su día Freud dijo que todos los humanos somos potencialmente bisexuales y que podemos sentirnos sexual y emocionalmente atraídos por alguien de nuestro mismo sexo. No obstante, yo me pregunto: ¿Estamos preparados para lo bisexual? Las pautas sociales nos obligan a escoger una cosa u otra pero, ¿Cómo sabemos lo que realmente nos gusta si ni siquiera lo hemos probado?